En esta época de reaparición y consolidación del
liberalismo argentino pocas cosas mejores
hay para hacer que aprender del pasado, sobre todo de los errores del pasado. Y siendo los liberales quienes más errores hemos cometido proponiendo nuestras ideas (ni hablar en aplicarlas) que mejor que proponer lecturas e interpretaciones sobre estas.
De los textos más recomendables para aprender de los errores del pasado
uno es sin duda: “El fracaso del proyecto argentino: educación e ideología”, de Carlos Escudé.
El libro, de excelente legibilidad y muy bien documentado,
nos presenta un análisis de cómo
evolucionó la educación pública argentina entre los años 1900 y 1950, y de como, por lo que el autor denomina una “paranoia cultural”, una
parte considerable de la
élite argentina de principios del siglo XX puso en marcha un proyecto de
ingeniería social cuyo éxito sería una de las razones
más importantes del fracaso argentino.
Huelga aclarar que no toda la élite argentina de aquella
época estaba imbuida de aquella paranoia.
Los liberales que quedaban de la generación de 80 (y otros que no eran liberales) consideraban que,
enseñando el castellano en las escuelas, más una forma de patriotismo cívico, por llamarlo de alguna manera, el
problema inmigratorio se resolvería sin muchas complicaciones. Es decir, vincular
los valores que permitieran una vida en sociedad pacífica
y prospera con la historia
argentina, e inculcarlo como la forma
correcta de amor a la patria.
Sin embargo, para los nacionalistas, también denominados así (y correctamente) por Escudé, eso no
era suficiente. Para ellos había que “deseuropeizar” a la población inmigrante, que había sido el resultado de
la prosperidad vivida en el país en aquellos
años y que representaban un peligro a la identidad nacional criolla pre
ola inmigratoria. El problema que
estas élites tenían era la falta, en términos claros al menos, de esa identidad.
La solución que encontraron fue retrotraer los fragmentos que quedaban de la
cultura
de la época independentista y volverlas rituales nacionales. Se fomentaría una versión segada, sensiblera y patriotera de
la historia argentina, esta se transmitiría a
través de la historiografía mitrista. Lo último era eliminar todo atisbo
posible pluralidad cultural traída
por los inmigrantes. Tan exagerada llegó a ser esta pantomima, que uno de los referentes de esta “educación patriótica” consideraba como
“desnacionalizaste” y “extranjerizante” al tango.
Junto a lo anterior vino consigo una visión autoritaria y
dogmática de la enseñanza, una que solo daba
al personal del sistema educativo
2 opciones: obediencia obsecuente o renuncia deshonrosa. Y más importante
aún fue la glorificación, junto a los primeros
rasgos, del militarismo en la historia argentina. Con el paso de las
décadas esta combinación resultaría
letal para las instituciones liberales plasmadas en la constitución de 1853; crearía una cultura política incompatible
con estas y que finalmente ayudaría a
alimentar los golpes de Estado, las dictaduras y la violencia política
a lo largo del siglo XX. Todo inspirado en proteger la nación de sus enemigos.
Un dato sorprendente es que aquellos que impulsaron este
nacionalismo en la educación se
denominaban así mismos liberales, y pasaron así a la posteridad. Aun cuando su verdadera ideología era un
remanente de esa cultura política caudillista y del más reaccionario catolicismo; representado en su epítome por
el régimen de Juan Manuel de Rosas.
La educación pública que Sarmiento había pensado como el medio principal para eliminar las bases del
rosismo, terminó como polea de transmisión de
ideas que lo trajeron
de vuelta en su versión de siglo XX, el peronismo. Y aquellos que lo hicieron
decían hacerlo en el nombre y espíritu
de Sarmiento.
Irónicamente, a pesar que se usó la historiografía mitrista
como base para la “educación
patriótica”, la cultura política que revivió facilitó la expansión de una historiografía contraria, reivindicativa
del caudillismo antiliberal previo a la generación
del 80. Por otro lado, permitió el surgimiento, como se mencionó, del peronismo, el cual terminaría finalmente derrocando política, económica y socialmente a esa élite que inició la educación patriótica con el objetivo
que eso nunca ocurriera. La gran
lección de todo estos es el cuidado que hay que de los “bien intencionados” que ensucian ideas nobles con en nombre de
esas ideas, y de los que creen que cosas buenas pueden salir de sincretismos irreverentes y si sentido.
Ian Javier Escobar
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